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Buscando la gruta perdida

Gruta de Egaña, la primera postal que el progreso borró

Hay cosas que Mar del Plata perdió sin darse cuenta de lo que perdía. Cosas que estaban ahí desde el principio, antes del Casino, antes del Torreón, antes de los grandes hoteles y históricas las ramblas. Cosas que formaron parte del alma más primitiva de la ciudad y que desaparecieron un día, sin ceremonia, bajo los golpes de una piqueta y el estruendo de la dinamita.

La Gruta de Egaña fue, posiblemente, la primera atracción turística de Mar del Plata. Antes que todo lo demás. Y casi nadie hoy sabe que existió.

 

 

El hombre que descubrió lo que el mar había guardado

Estamos en 1884. El Torreón todavía no existe. Tampoco el camino costero hacia el sur. Solo rocas que se interrumpen en las arenas de la playa Saint James, hoy Varese. Mar del Plata tiene apenas diez años de vida oficial. Es todavía un proyecto, un sueño de veraneo para los que tienen dinero suficiente para llegar hasta ahí desde Buenos Aires. Y en ese paisaje de piedra y espuma, un hombre llamado Andrés Egaña encontró algo.

La gruta estaba ubicada en la zona céntrica de Mar del Plata, entre las actuales Bristol y Varese, y debe su nombre a su descubridor, un hacendado español llamado Andrés Egaña. Estaba oculta por grandes peñascos que fue necesario remover para facilitar el acceso.

Algunos relatos lo llaman «un curioso inmigrante español». Otros simplemente «el descubridor». Lo cierto es que el señor Andrés Egaña dejó constancia de su hallazgo grabando en la piedra de la entrada, a la izquierda, la siguiente inscripción: «Gruta Andrés Egaña. Descubierta por él mismo. Año 1884». La modestia no parece haber sido su virtud más destacada. Pero la gruta era real, y era suya. Al menos en el sentido más puro del término: la había encontrado él.

 

El lugar más extraño y más hermoso de la costa

¿Qué era exactamente la Gruta de Egaña? Para entenderlo hay que dejar que los que la conocieron hablen.

En el libro «Reseña Histórica de Mar del Plata», editado en 1964, el historiador Roberto T. Barili describe el lugar con precisión quirúrgica: «El señor Egaña descubrió esta curiosa gruta, oculta por grandes peñascos que fue necesario remover para facilitar el acceso. Los mismos estaban cubiertos de musgos y líquenes, vértebras de ballenas arrojadas por el mar y algunas algas que tapizaban el suelo. El fondo de ese zaguán de rocas de dos varas de ancho, por cinco de fondo y media de alto, se alzaba una escalera artificial de ocho peldaños que conducía a otro hueco que tenía el techo abierto, entrando por él la luz y las ramas de las plantas del exterior. En el lugar se había instalado una hamaca, cuyo asiento era de una cadera de ballena.»

Detengámonos un momento en esa imagen. Una gruta entre las rocas de la costa marplatense, en 1884. Una escalera tallada en la piedra. Un techo abierto al cielo. Una hamaca cuyo asiento era el hueso de una ballena. Y el mar entrando en pleamar, mojando todo, dejando su manto de musgo de un verde particular.

Era, en todos los sentidos, un lugar único en el mundo.

Elvira Aldao, en sus «Veraneos Marplatenses de 1887 a 1923», la recuerda así: «Del otro lado de la inmensa playa Bristol, se iba hasta las piedras, y trepándolas y descendiéndolas en grandes saltos, al rumor de las olas que estallaban en ellas, se llegaba hasta la gruta.» Un paseo de aventura, de trepar rocas y desafiar las olas, que para los veraneantes de finales del siglo XIX representaba algo que hoy llamaríamos una experiencia.

 

La primera postal de Mar del Plata

Desde el año 1888 y hasta alrededor de 1915, uno de los paseos preferidos por los veraneantes era ir a la Gruta de Egaña. Casi treinta años de gloria silenciosa. Treinta veranos en los que la gruta fue el destino favorito de los que llegaban a Mar del Plata en busca de algo diferente, de algo que no existía en Buenos Aires ni en ningún otro lugar.

Los enamorados grababan en sus muros de roca viva la fecha de sus compromisos. Los filósofos fijaban sus sentencias. Los poetas, buenos y malos, sus versos. Era, en el fondo, el primer muro de graffitis de Mar del Plata. Un libro de piedra donde la ciudad dejaba sus mensajes más íntimos.

Y el dato que no tiene desperdicio: en el centro de la entrada, entre la inscripción de Egaña y la dedicatoria a Peralta Ramos, alguien talló en prolijo alto relieve un aviso comercial: «Almacén Buenos Ayres de Domingo Calandria. Artes y Cuyo.» La publicidad en la piedra de la primera atracción turística de Mar del Plata. Algunos impulsos humanos no cambian con los siglos.

 

 

La dinamita que borró el pasado

Y entonces llegó el progreso. Con sus piquetas. Con su dinamita. Con su certeza de que lo viejo debía ceder el paso a lo nuevo.

La gruta desapareció en la primera década del siglo XX, cuando con piquetas y dinamita devastaron la barranca para construir el camino entre lo que hoy es el Torreón y Varese.

La gruta fue dinamitada por el picapedrero italiano Rizziero Manfredi, quien asociado a Juan Lagroia fue contratado por la empresa Castello y Piquerez en 1911 para proveer la piedra que se usara en la obra de la Rambla Bristol.

Hagamos las cuentas: la primera atracción turística de Mar del Plata fue destruida para construir la Rambla Bristol. La ciudad sacrificó su primera joya para construir la que sería su nueva joya. Las mismas piedras que habían cobijado a los enamorados y a los poetas durante treinta años, trituradas y convertidas en los cimientos de la rambla más elegante del país.

La punta rocosa donde estaba ubicada tuvo varias denominaciones a lo largo del tiempo: la llamaron Punta Piedra, luego Punta Egaña en honor a la gruta, después del Belvedere, Torreón Pueyrredón, y Torreón del Monje. El nombre fue cambiando a medida que la memoria de lo que había existido allí se fue diluyendo. Hoy, casi nadie que pasa por ese tramo de la costanera sabe que debajo de sus pies, o muy cerca de donde hoy caminan, estuvo la primera maravilla de Mar del Plata.

La búsqueda

La gruta ya no existe. Pero la pregunta persiste: ¿hay algo que quede? ¿Alguna huella, algún rastro, algún fragmento de roca que todavía guarde la memoria de lo que fue?

Esa es la búsqueda que cualquier marplatense curioso puede emprender hoy, caminando entre el Torreón del Monje y Playa Varese, mirando las rocas con otros ojos. Buscando en la piedra la silueta de algo que fue borrado hace más de un siglo pero que la ciudad, si se le pregunta bien, todavía recuerda.

Andrés Egaña grabó su nombre en la roca para que nadie lo olvidara. La dinamita borró la piedra. Pero la historia, esa sí, todavía está ahí para quien quiera encontrarla.

 

Nota realizada por Leandro Nebbia – Canal de Youtube «Cabeza Contenidos»