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MardePress

Mar del Plata, jueves 6 de agosto de 2026
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DOS RUEDAS CONTRA EL PODER

 

 

La historia de la huelga de bicicletas de Mar del Plata

Noviembre de 1943.  Argentina atravesaba uno de esos momentos en que la historia se mueve con sacudones. Hacía cinco meses que el general Rawson había encabezado el golpe que derrocó a Castillo, y el país entero navegaba en la incertidumbre de un gobierno militar que todavía no sabía bien qué quería ser. En Mar del Plata, mientras tanto, alguien tuvo una idea. Una idea muy mala. En noviembre de 1943, el comisionado Teodolindo Linares dictó para el partido de General Pueyrredon una ordenanza que daría lugar a una de las medidas de fuerza más inéditas que se recuerden en la historia de la ciudad. La ordenanza establecía algo aparentemente simple: las bicicletas debían ser patentadas. El monto a abonar por rodado era de $6,20. Seis pesos con veinte centavos. En 1943, para un obrero de la construcción que ganaba lo justo y se levantaba antes del amanecer para pedalear hasta la obra, seis pesos con veinte centavos no eran un número menor. Eran días de trabajo. Eran el dinero del pan. Y todos se hacían la misma pregunta: si hoy te cobran por la bicicleta, ¿mañana qué? La lógica del poder muchas veces subestima esas preguntas. Linares estaba a punto de aprender que no debía haberlo hecho.

Para entender lo que pasó después, hay que entender de qué Mar del Plata estamos hablando. Eran tiempos del boom de la construcción y de acuerdo con lo señalado por la Unión Obrera Local, había más de 20 mil personas vinculadas al sector, por lo que las bicicletas ocupaban un lugar central en la dinámica urbana. No era una imagen pintoresca ni un dato anecdótico. Era la columna vertebral del transporte popular en la ciudad. Miles de obreros cruzaban Mar del Plata todos los días sobre dos ruedas, con las herramientas atadas al portaequipaje y el frío de la madrugada en la cara. La bicicleta no era un bien de consumo. Era la condición de posibilidad del trabajo mismo. Quitarle la bicicleta a un obrero de la construcción, o hacerle pagar por ella, era quitarle su camino a la obra. La reacción de los marplatenses no tardó en llegar, la medida fue vista por la sociedad como «un acto recaudatorio injustificado». Los gremios, encabezados por la Unión Obrera Local, solicitaron la derogación inmediata de la ordenanza. No hubo respuesta favorable. Entonces vino lo que tenía que venir: la declaración de huelga.

Veinticuatro horas, en principio. Pero el comisionado Linares no era hombre de ceder fácil. Antes de que la huelga entrara en vigencia, tomó una decisión que selló su propio destino político en esta historia. El comisionado ordenó un allanamiento a la Unión Obrera Local, clausuró los locales y detuvo a 20 dirigentes gremiales. Veinte hombres presos. Los locales sindicales cerrados con llave y custodiados. La lógica era clara: sin cabeza, el movimiento se desintegra. Sin dirigentes, los obreros vuelven al trabajo. Era la misma lógica que habían aplicado antes otros hombres con poder, en otras ciudades, en otros conflictos. A veces funcionaba. Esta vez, no.

 

La medida, que apuntaba a dejar sin efecto la protesta, tuvo el efecto inverso. La huelga se extendió «por tiempo indeterminado». La ciudad se paró.

Durante 18 días, Mar del Plata estuvo paralizada. El único lugar con actividad obrera era la Casa del Pueblo, donde se congregaban los trabajadores a analizar las medidas a seguir. Dieciocho días en los que las obras se detuvieron, los andamios quedaron vacíos, las calles que normalmente se llenaban de bicicletas al alba permanecieron silenciosas. Una ciudad que se construía a sí misma, ladrillo por ladrillo, decidió dejar de hacerlo hasta que se hiciera justicia.

No era solo un conflicto laboral. Era algo más profundo. Era la pregunta de quién manda en una ciudad: si el que firma las ordenanzas, o el que la construye con las manos.

Y en la Casa del Pueblo, esos hombres que habían visto clausurar sus locales y detener a sus compañeros, seguían reuniéndose. Seguían deliberando. Seguían sin moverse.

El tiempo jugó en contra de Linares. En vistas de la suspensión del inicio de la temporada turística y considerando que los obreros no estaban dispuestos a abonar el impuesto por lo que consideraban «un derecho adquirido», el Municipio derogó la ordenanza.

La temporada. Esa palabra que en Mar del Plata siempre termina siendo el verdadero árbitro de cualquier conflicto. Los hoteles esperaban. Los comercios esperaban. Los turistas que venían de Buenos Aires a pasar el verano no podían llegar a una ciudad en huelga, con las obras paradas y el ambiente enrarecido. La economía de la ciudad dependía de los meses estivales con la misma urgencia con que un obrero dependía de su bicicleta.

Linares cedió. Los detenidos fueron liberados. La ordenanza fue derogada. Las bicicletas volvieron a circular.

Hoy, al pasar por las obras de Mar del Plata temprano a la mañana, todavía puede ver algo que conecta ese noviembre de 1943 con el presente: los frentes de las obras privadas llenos de motos y bicicletas en las que se moviliza la mayoría de los obreros de la construcción. Más de ochenta años después, la bicicleta sigue siendo el vehículo del que madruga, del que levanta paredes, del que construye la ciudad que otros van a habitar.

Y vale la pena recordar que en un noviembre que casi nadie recuerda, esas bicicletas fueron mas poderosas que una ordenanza, que un allanamiento, y que veinte arrestos. Los que no tenían nada mas que su trabajo y su pedal demostraron que cuando una injusticia toca lo escencial, ni el poder mas arrogante puede sostenerse demasiado tiempo. Algunos le llaman huelga. Otros le llaman dignidad. En Mar del Plata, en 1943, fueron la misma cosa.

 

Nota: Leandro Nebbia

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