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Mar del Plata, martes 22 de septiembre de 2026
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EL BALCON MAS BELLO QUE MAR DEL PLATA NO SUPO SOSTENER

 

Hay obras que nacen para ser eternas y mueren antes de tiempo. Que se construyen con la ambición de los que creen que la belleza puede imponerse a la física, al peso implacable de la piedra y del tiempo. La Explanada Sur de Mar del Plata fue una de esas obras. Un balcón monumental sobre el Atlántico que duró apenas tres años antes de empezar a desmoronarse. Y que sin embargo dejó en la ciudad una herencia que todavía hoy se puede ver, aunque casi nadie sabe de dónde viene.

Todo empieza con un poeta chileno. Alberto del Solar era conocido sobre todo por ser el autor de la leyenda del Torreón del Monje. Pero Del Solar no era solo un contador de historias. Era también un visionario urbano que había caminado los paseos costeros de las grandes ciudades balnearias del Viejo Mundo. Y en la barranca agreste que corría desde el Torreón hasta el Golf Club veía la posibilidad de algo parecido: un paseo monumental sobre el mar, con balaustres y esculturas y farolas artísticas y miradores desde donde contemplar el Atlántico.

Los trabajos se iniciaron el 8 de febrero de 1908. El objetivo principal era vincular las playas Bristol y Saint James y promover el desarrollo de los barrios de La Loma y Playa Grande, hasta esa fecha prácticamente despoblados. La obra fue financiada con aportes privados de personas interesadas en desarrollar ese sector — entre ellos, dos miembros de la comisión propulsora que tenían sus chalets de veraneo en la zona.

La idea pareció utópica. Se habló exageradamente de «obras de romanos» y de «muralla china». Pese a ello el boulevard quedó habilitado en apenas siete meses.

El diseño era obra del célebre paisajista Carlos Thays. Lo que creó era un sistema de terrazas escalonadas, miradores y escalinatas que descendían desde el Boulevard Marítimo hasta el nivel del mar. El paseo se embellecía con jardines, quioscos, farolas artísticas y una balaustrada que, a manera de gigantesco balcón, corría en toda la extensión de la muralla, suavizando su aspecto medieval.

Las esculturas eran lo más extraordinario. Las de bronce fueron realizadas en Francia por la prestigiosa Fundidora de Arte de Val D’Osne y replican obras que se exhiben en los principales museos del mundo. Diana la Cazadora. Venus y las sirenas. Un tritón. La Venus de Milo. Mujer Bañándose. Piezas admiradas en museos europeos, aquí al alcance de la mano, en el viento del mar.

El primer tramo fue inaugurado con pompa en enero de 1909, con corsos florales y otros festejos. Las fotos de ese día muestran a las damas de la alta sociedad marplatense paseando entre las farolas recién instaladas, mirando el Atlántico desde ese balcón que la ciudad acababa de regalarse.

Las grietas que nadie quería ver

Pero algo no estaba bien desde el principio.

Una crónica rescatada de los archivos del diario La Capital permite saber que en abril de 1912 el primer tramo de la Explanada, cerca del Torreón, amenazaba con derrumbarse «por la fuerza de su propio peso o la insuficiencia de sus cimientos».

Apenas tres años después de la inauguración. Tres veranos de elegancia. Y ya el paseo más bello de la ciudad estaba al borde del colapso.

La crónica no dejaba lugar a dudas: «Enormes grietas surcan el murallón, que visto desde el mar da la seguridad de su próxima e inevitable ruina. Algunas de sus escalinatas, así como el piso de las veredas, están destruidas o en vías de destrucción.»

La barranca marplatense no era una superficie estable. Era una formación geológica viva que se movía, que respiraba, que reaccionaba al agua de lluvia y a la erosión del mar. Construir sobre ella semejante obra requería cimientos que, al parecer, no estaban a la altura de las ambiciones del proyecto.

 

Lo que vino después fue una larga serie de modificaciones que fueron borrando de a poco lo que la Explanada había querido ser. Los balaustres elegantes fueron reemplazados por un parapeto de piedra funcional y sin gracia. Las farolas artísticas desaparecieron. Los quioscos y pabellones de madera cedieron ante el tiempo y no fueron repuestos. Los jardines se simplificaron.

Cada cambio era una concesión a la realidad que la ambición original había ignorado. Cada modificación acercaba la Explanada un poco más a lo que pudo sostener y la alejaba un poco más de lo que quiso ser.

La extensión hasta el Golf se dio por terminada en 1915, cuando la comisión privada ya se había quedado sin dinero y el Estado tuvo que intervenir. El paseo que nació de la iniciativa privada terminó siendo un problema del erario público.

Lo que quedó y dónde está hoy

La herencia más extraordinaria de la Explanada Sur es también la más invisible. Las esculturas de bronce no desaparecieron sino que fueron redistribuidas por las plazas de la ciudad: Diana la Cazadora en Plaza Mitre, Venus y las sirenas en la fuente de Plaza Rocha, el tritón en la Plazoleta Borges, la sirena en la Plazoleta de las Provincias, la Venus de Milo y Mujer Bañándose en Plaza Colón.

La próxima vez que alguien camine por Plaza Colón y vea la Venus de Milo, está mirando lo que quedó de aquel balcón monumental que Mar del Plata se construyó en 1909 y no pudo sostener. Los fragmentos de una obra que se rompió y que nadie supo cómo volver a armar, dispersos por la ciudad como piezas de un rompecabezas sin caja.

 

Lo que hoy conocemos como Boulevard Patricio Peralta Ramos es el esqueleto de lo que fue. Los miradores semicirculares todavía están. La vista del Atlántico, nadie pudo modificarla. Miles de personas caminan ese boulevard cada verano sin saber que bajo ese parapeto de piedra hay un murallón que en 1912 amenazaba con convertirse en ruinas, y que las esculturas que hoy decoran las plazas del centro alguna vez estuvieron aquí, mirando el mismo mar.

La Explanada Sur no soportó su propio peso. Pero lo que dejó detrás sigue en pie, esperando que alguien lo mire con los ojos de quien sabe lo que está mirando.

 

Por Leandro Nebbia.