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Mar del Plata, jueves 6 de agosto de 2026
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EL DÍA QUE EL PROGRESO NO TUVO FRENOS

El primer choque en Mar del Plata

 

Hay días que la historia no elige para ser memorable. Simplemente ocurren, con la casualidad caprichosa que tienen los accidentes, y sin embargo algo en ellos —un testigo inesperado, una foto, una historia que se repite cada año en un asado— los convierte en eternos. El 19 de diciembre de 1910 fue uno de esos días.

Esa tarde, en el paso a nivel de la calle San Martín, Mar del Plata vivió su primer choque. No fue entre dos automóviles. No fue entre un auto y una persona. Fue entre dos símbolos del progreso que la ciudad abrazaba con entusiasmo y sin demasiada precaución: una locomotora y un automóvil importado de Francia. El futuro chocando contra sí mismo.

 

Para entender lo que pasó esa tarde, hay que entender primero lo que era Mar del Plata en 1910. El ferrocarril había llegado en 1886, y desde entonces su estación norte, hoy la Ferroautomotora, era el portal de entrada de la aristocracia porteña que llegaba en verano a disfrutar del Bristol Hotel y de la rambla. Todo lo distinguido de Buenos Aires bajaba ahí.

Pero la ciudad crecía. Y con el crecimiento llegaron nuevos ricos, nuevas familias, nuevos epicentros sociales que se corrían hacia el sur. La Estación Norte quedaba lejos de esos nuevos rincones. Así surgió la idea de una Estación Sur, ubicada en el cuadrilátero de las calles Alberti, Alvarado, Sarmiento y Las Heras, donde con el paso del tiempo se convertiría en la Terminal de Ómnibus.

Para 1910, la Estación Sur todavía no estaba inaugurada formalmente. Funcionaba con instalaciones precarias de madera, pero el ramal ya estaba operativo. Y ese ramal cruzaba por el centro de la ciudad. Literalmente, por el corazón urbano de Mar del Plata.

Los vecinos no estaban contentos. Veían el peligro como algo casi inevitable. Algunos cronistas de la época recogen sus quejas: un tren atravesando el casco urbano, sin barreras adecuadas, en una ciudad que todavía no terminaba de procesar la convivencia entre carruajes, los primeros automóviles y la brutalidad silenciosa del ferrocarril.

No tardó mucho en darles la razón.

El tren del ahorcado

El ramal que unía la Estación Norte con la nueva Estación Sur tenía apenas dieciocho días en funciones cuando ocurrió el accidente. Dieciocho días. Y ya cargaba con un apodo que helaba la sangre: los vecinos lo llamaban el «recorrido del ahorcado». Una denominación sombría que reflejaba con precisión el temor que despertaba su trazado entre quienes vivían cerca de las vías.

El 1° de diciembre de 1910 había comenzado a operar ese ramal. Y el 19 de diciembre, a las 16.40 de la tarde, el «recorrido del ahorcado» cobró su primera víctima. No una humana, pero sí una que dolió: el lujoso automóvil francés de un concejal.

 

El Clement Bayard y sus tres ocupantes

El automóvil era un Clement Bayard, fabricado en Francia, uno de esos vehículos que llegaban al país desarmados en barco desde Europa y que eran ensamblados aquí por mecánicos especializados. Era un objeto de lujo absoluto en una ciudad donde los automóviles todavía generaban asombro entre los transeúntes.

Pertenecía a Ambrosio Bestoso, concejal socialista de Mar del Plata. Pero esa tarde, Bestoso no estaba en el auto. Al volante iba Gregorio Lombardi, un mecánico italiano con manos curtidas en la mismísima fábrica Fiat de Turín. Era un artesano de los motores, un hombre que había dedicado su vida a entender las entrañas de esas máquinas que llegaban del otro lado del Atlántico. Junto a él viajaban Juan Di Tardy y Juan Teodoro D’Emilio.

Los tres avanzaban confiados hacia el paso a nivel de la calle San Martín cuando ocurrió lo inesperado. Las crónicas de la época hablan de una cortina de polvo: el viento pampero levantaba tierra que se mezclaba con el bullicio de los carruajes y los escasos automóviles que circulaban por el centro. En ese torbellino visual, los tres ocupantes del Clement Bayard no distinguieron a tiempo lo que se venía.

El rugido metálico de la locomotora llegó antes que la imagen. Y cuando llegó la imagen, ya era demasiado tarde.

 

El impacto

El choque fue seco y brutal. Hierro contra metal. La fuerza imparable de una locomotora contra la fragilidad de un automóvil de principios de siglo. El elegante Clement Bayard quedó casi destruído, con su estructura retorcida, convertido en un amasijo que poco recordaba a la joya mecánica que había sido momentos antes.

Milagrosamente, los tres ocupantes sobrevivieron. Solo D’Emilio resultó con algunas lesiones. Gregorio Lombardi, el mecánico de Fiat que conocía los motores como nadie, salió ileso del peor golpe que podría haberle dado el destino a un hombre que pasaba su vida rodeado de máquinas.

El primer siniestro vial en el casco urbano de Mar del Plata no dejó muertos. Pero sí dejó algo que valía casi lo mismo en aquella época: un automóvil francés destruido y la confirmación de que los vecinos que se quejaban del ramal tenían razón.

 

El testigo que lo cambió todo

Lo que convirtió a este accidente en historia, más allá de ser el primero, fue la presencia de un pasajero fortuito en ese tren. Un reportero de la revista Caras y Caretas, la publicación más influyente de la Argentina de la época, viajaba esa tarde en la formación que arrolló al Clement Bayard.

El periodista no había ido a cubrir ningún accidente. Estaba simplemente viajando. Pero cuando la locomotora embistió al automóvil, sacó su cámara y registró todo. Las fotografías aparecieron en la edición de diciembre de 1910 de Caras y Caretas, con el detalle del automóvil destruido y la crónica del hecho.

Gracias a ese accidente de agenda, el primer choque de la historia de Mar del Plata quedó documentado con una precisión que pocos eventos de esa época pueden presumir. No hay dudas sobre la fecha, el lugar, los protagonistas ni las circunstancias. Todo está ahí, en las páginas amarillas de una revista que tenía más de un siglo cuando alguien la encontró en un archivo.

 

El asado de la suerte

Pero la historia no termina con el impacto ni con las fotos. Tiene un final que dice mucho sobre cómo los argentinos procesan el miedo y la suerte.

Con el tiempo, la experiencia de haber sobrevivido a aquel siniestro se transformó en motivo de celebración. Año tras año, en el taller de Gregorio Lombardi, ubicado en la esquina de Diagonal Pueyrredón y Colón, se organizaba un asado. Un asado a modo de festejo por haberle esquivado a la fatalidad. Una reunión anual donde los sobrevivientes del primer choque de Mar del Plata levantaban sus vasos y recordaban aquella tarde de diciembre en la que el polvo los había cegado y la locomotora los había rozado sin llevárselos.

Lombardi, el mecánico de Turín que sabía todo sobre motores y muy poco sobre trenes que emergen de cortinas de polvo, convirtió el accidente en tradición. En una ceremonia pagana de la suerte. En la celebración más particular que haya tenido jamás el primer siniestro vial de una ciudad argentina.

 

El legado

El paso a nivel de la calle San Martín desapareció con los años, como tantas otras cosas que la modernidad fue borrando. La Estación Sur se inauguró formalmente en 1911 y funcionó durante décadas hasta convertirse en la Terminal de Ómnibus. El «recorrido del ahorcado» dejó de llamarse así cuando el tiempo diluyó el miedo original.

Pero el Clement Bayard retorcido, la foto en blanco y negro de Caras y Caretas, el asado anual de Lombardi, son el recordatorio de que la modernidad tiene sus costos. Que el progreso y el peligro viajan juntos. Que cuando dos fuerzas del futuro se encuentran sin aviso, en medio de una cortina de polvo, en el corazón de una ciudad que todavía no sabe bien qué es, el resultado puede ser un amasijo de metal y una historia que todavía vale la pena contar.

 

Nota realizada por Leandro Nebbia

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