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MardePress

Mar del Plata, jueves 6 de agosto de 2026
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El rodaje trágico

En la historia del cine mundial existen mitos, rodajes malditos y accidentes fatales detrás de escena. Sin embargo, lo que ocurrió en Mar del Plata a mediados de marzo de 1924 es un caso probablemente único en el mundo: la ficción fue tan perfectamente ejecutada que terminó cobrándose la vida de una persona. Pero el muerto no pertenecía al elenco ni al equipo técnico; era una espectadora que se había acercado a mirar.

Esta es la historia de cómo la primera película filmada en la ciudad se convirtió en una tragedia real.

 

Una Mar del Plata de elite y el nacimiento de una trama

Por aquellos años, Mar del Plata apenas soplaba las velas de sus primeros 50 años de fundación. Lejos de la marea popular en la que se transformaría décadas más tarde, la ciudad era un feudo veraniego exclusivo para las familias de la aristocracia porteña. El aire olía a salitre, elegancia rancia y tardes mansas.

 

Francisco Donadío, director de la película

 

Esa calma se rompió por completo con la llegada de un grupo de cineastas comandados por Francisco Donadío. El reconocido actor debutaba como director en el cine nacional con una apuesta ambiciosa: El caballero de la capa perfumada (luego rebautizada como El caballero de la rambla), que pasaría a la historia por ser el primer film argentino en abordar los «amores de verano».

El elenco combinaba la vasta experiencia del italiano Mario Parpagnoli, la pareja de Olga Casares Pearson y Ángel Walk —hijo del mismísimo constructor de la Catedral marplatense— y el debut absoluto de un niño que años después sería uno de los máximos capocómicos del país: Dringue Farías. Las locaciones elegidas eran postales vivas: la Rambla Bristol, Cabo Corrientes y los acantilados cercanos al Torreón del Monje.

 

Una de las locaciones donde se filmó la película

 

La ilusión óptica perfecta

Filmar en plena calle y a la luz del día era un imán absoluto para los curiosos. Cada jornada de rodaje se llenaba de veraneantes que seguían palmo a palmo los movimientos de las cámaras y los actores.

Una tarde, el equipo se plantó sobre una pequeña superficie rocosa, a escasos metros del romper de las olas, cerca del Torreón del Monje. El guion exigía dramatismo: dos personajes debían trenzarse en una violenta pelea física que terminaría con uno de ellos cayendo al mar rugiente.

El director gritó «¡Acción!». Los actores iniciaron el forcejeo con total realismo ante los ojos atentos de la multitud. Entre el público se encontraba la señora Catalina Chelís, quien observaba la escena completamente compenetrada.

Para filmar el desenlace peligroso de la caída, el equipo técnico tenía todo fríamente calculado: detendrían la filmación apenas unos segundos, cambiarían casi imperceptiblemente al actor por un muñeco que haría de doble de riesgo, y reanudarían la marcha. Así se hizo. El truco visual fue tan veloz y perfecto que nadie en el público notó el cambio. El supuesto «cuerpo» voló por el aire, golpeó violentamente contra las rocas y fue arrastrado mar adentro por la ferocidad del oleaje atlántico.

Equipo de rodaje

 

El infarto de la realidad

Para los ojos de Catalina Chelís, lo que acababa de presenciar no fue cine; fue un asesinato o un accidente brutal. El impacto emocional de ver a un hombre morir destrozado contra las piedras fue demasiado para su corazón. Sufrió un ataque cardíaco fulminante allí mismo, rodeada por la multitud que empezaba a comprender el trágico malentendido. Minutos después, Catalina fallecía.

El hecho conmocionó por completo a la pequeña comunidad de turistas y residentes de la época. La ficción había sido demasiado real.

Un año después del trágico suceso, en abril de 1925, la película finalmente se estrenó en los cines. Sin embargo, el destino volvió a ser esquivo: con el paso de las décadas, todas las cintas de El caballero de la rambla se perdieron para siempre. Hoy no queda ningún registro fílmico de aquella obra.

Nos queda, sin embargo, la crónica negra y el recuerdo insólito de un rodaje que marcó a fuego los acantilados del Torreón. La prueba de que, a veces, el cine es capaz de romper la pantalla y cambiar la realidad para siempre.

 

Escrito por Leandro Nebbia

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