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Mar del Plata, jueves 6 de agosto de 2026
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La Misa Que El Intendente Suspendió Para Siempre

(El Ultimo Recital De Los Redondos En Mar Del Plata)

Nadie lo sabía todavía, pero el reloj ya estaba corriendo. El 19 y 20 de junio de 1999, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota pisaron por última vez el suelo de Mar del Plata. No hubo anuncio, no hubo despedida, no hubo ceremonia de cierre. Solo dos noches que la ciudad recordaría para siempre, y un portazo que nadie escuchó hasta que ya era demasiado tarde.

                                                                   

La liturgia y sus fieles

Para entender lo que pasó esos días, hay que entender primero qué era un recital de los Redondos. No era un show. Era una misa. Con mucho de ritual futbolero, la «misa ricotera» se imponía como una muestra de profunda devoción con códigos y costumbres propias. «El pogo más grande del mundo» era motivo de orgullo, aún cuando representara un peligro para la integridad de los asistentes.

El Indio Solari, Skay Beilinson y la Negra Poly habían construido algo que excedía la música. Habían creado una tribu. Y esa tribu, para el invierno de 1999, era una fuerza de la naturaleza que ningún intendente ni ningún jefe de policía podía contener del todo.

La banda anunció para los días 19 y 20 de junio su liturgia en la ciudad. El entonces intendente Elio Aprile, para garantizar la seguridad, solicitó refuerzos de seguridad al gobierno provincial, que estaba a cargo de Eduardo Duhalde.

 

                             Requisa policial en la terminal de tren

 

El viaje antes del viaje

Los incidentes no comenzaron en Mar del Plata. Comenzaron en los trenes. Antes de los recitales hubo problemas, con dos heridos que iban de camino a la ciudad: a uno lo arrojaron del tren en movimiento, y al otro lo balearon. Dos jóvenes que sólo querían ver a su banda favorita, y ya cargaban heridas antes de llegar.

Se estima que entre 15 y 20 mil jóvenes llegaron a Mar del Plata por los recitales de los Redondos. Sólo desde La Plata viajaron unos 1.500. Una marea humana convergiendo sobre el Parque de los Deportes desde todos los puntos del país.

 

 

El Patinódromo y el desborde

El sábado 19, el Patinódromo Municipal Adalberto Lugea —ubicado sobre Magallanes 6989— estaba lleno desde cuatro horas antes del show. Se estima que unas seis mil personas pudieron ingresar, mientras que unas dos mil quedaron afuera. Dos mil personas sin entrada, sin lugar, sin posibilidad de ver a su banda. Dos mil personas con la adrenalina encima y la bronca instalada. Lo que siguió es historia conocida.

Los incidentes más graves se registraron en la intersección de las avenidas Independencia y Juan B. Justo, en las inmediaciones del Patinódromo. También hubo problemas cuando el grupo comenzó a tocar puntualmente a las 20 y un importante grupo de jóvenes intentó «colarse» al estadio sin sus entradas. La situación superó a los integrantes de la custodia privada.

 

                           Local destrozado tras los disturbios

 

Los alrededores del Patinódromo se convirtieron en el escenario de una batalla campal, con enfrentamientos entre fanáticos que no pudieron ingresar y efectivos de la Policía Bonaerense. Tres patrulleros incendiados, conflictos en la estación de tren, vidrieras rotas y un total de 500 detenidos.

«La televisión se hizo un festín: para las cámaras, pocas imágenes son más vistosas que aquellas en las que hay fuego. Parecía Beirut después de un bombardeo», recordaría el Indio años después. Y sin embargo, paradójicamente, la difusión masiva de esas imágenes atrajo más pibes, en vez de ahuyentarlos. Enfrentarse a la cana es un impulso atávico para los jóvenes, les ofrecía una aventura, un emprendimiento épico.

 

                   El Indio Solari y Willy Crook antes del show

 

La herida que no cerró con el show

Entre los cientos de heridos, hubo uno cuya historia no se diluyó en el tiempo. Juan Pablo Romero sufrió 28 disparos de balas de goma y perdió la vista en uno de sus ojos. Era un fanático. Era un joven. Era uno más de los que habían viajado a ver a su banda. Demandó al grupo, al municipio y a la Policía. Su caso se convirtió en símbolo de algo que excedía a los Redondos: la brutalidad de una represión que no distinguía entre vándalos y espectadores.

 

                              Semilla Buciarelli durante el show

 

La segunda noche: la amenaza de suspensión

Al día siguiente, la ciudad amaneció con el olor a goma quemada en el aire. El intendente Aprile se reunió con autoridades policiales, judiciales y el productor del espectáculo para evaluar si el segundo show debía suspenderse. La decisión estuvo en el filo.

Finalmente, la misa del 20 de junio se realizó. También se registraron incidentes: 10 personas resultaron heridas, hubo 160 detenidos, dos autos quemados y una estación de servicio saqueada.

Adentro del Patinódromo, sin embargo, algo extraordinario sucedía. Los Redondos, como era costumbre, dieron un show de alto vuelo musical. En el setlist de esa noche estaba “Todo un palo”, que no aparecía en sus conciertos desde 1992. Esa última aparición fue el 20 de junio de 1999 en el Patinódromo, Mar del Plata. Como si la canción supiera que era su despedida.

El veto y el adiós

El intendente Aprile, al atender los reclamos de comerciantes y vecinos, expresó su intención de que los Redondos no volvieran a presentarse en vivo en la ciudad. «Después del temor que se instaló aquí, tras lo sucedido, sería un gran error», declaró.

Y así fue. Los Redonditos de Ricota nunca más volvieron a Mar del Plata tras uno de los episodios más graves que involucraron a la banda. Los shows del Patinódromo quedaron grabados a fuego —en todos los sentidos— en la memoria de la ciudad.

Los shows de Los Redondos eran el único altar donde esos pibes podían ser ellos mismos. Llegaban de todo el país, cargando realidades parecidas y pasiones idénticas, y cuando el Indio comenzaba a cantar, todo lo demás desaparecía. Pero lo que los unía dentro también los desbordaba afuera.

 

                                   El Indio y Skay durante el show

 

El final de Patricio Rey

Dos años después, en el estadio Chateau Carreras de Córdoba, hoy llamado Mario Alberto Kempes, el Indio Solari, Skay Beilinson y sus músicos ofrecieron su última función el 4 de agosto de 2001. «Esta murga se las pica», dijo el Indio antes de «Ji Ji Ji», y nadie supo que no habría más.

Pero para quienes vivieron el Patinódromo, algo ya había terminado aquellas dos noches de junio del 1999 en Mar del Plata. La ciudad había sido el escenario del último capítulo verdadero de la relación entre los Redondos y su tribu en la costa atlántica. Una relación hecha de música sublime y caos desbordante, de liturgia y violencia, de arte y fuego.

La última misa en Mar del Plata no tuvo paz. Pero tuvo una belleza oscura que todavía no se olvida.

Nota: Leandro Nebbia

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