Hay edificios que nacen para durar. Que se levantan con el ímpetu de una era, que cumplen su función con la dignidad de los grandes, y que luego quedan en pie mucho más allá de su utilidad, como si se negaran a desaparecer. La Vieja Usina del Puerto de Mar del Plata es uno de esos edificios. Lleva más de setenta años abandonada. Sigue en pie. Y sigue esperando.
Antes de la usina: la ciudad a oscuras
Para entender lo que significó la Vieja Usina, hay que imaginar Mar del Plata sin luz eléctrica. No es tan difícil: a fines del siglo XIX, la ciudad apenas comenzaba a despertar como destino de veraneo para la élite porteña, y sus calles se iluminaban a gas o con faroles de kerosene que parpadeaban con el viento del mar.
La electricidad para el abastecimiento de servicios públicos llegó por primera vez a Mar del Plata en 1898, cuando una firma conformada por dos vecinos emprendedores — Roux y Deyacobbi — obtuvo la primera concesión del servicio eléctrico. La usina, conocida como Usina Pueyrredón, se ubicó en la orilla del Arroyo Las Chacras, a escasos 200 metros de la plaza central, y tuvo como primer tarea instalar 80 focos de 500 bujías en temporada y 45 en invierno — que tenían un costo de 37 pesos por lámpara y por mes — para alumbrar las calles céntricas de la ciudad que durante la temporada funcionaban hasta las 3 de la madrugada, y en invierno hasta la una.
Ochenta focos. Eso era todo. Ochenta destellos amarillos en la oscuridad de una ciudad que todavía no sabía lo grande que iba a ser.
1928: nace el gigante
La época de crecimiento demográfico y urbanístico en Mar del Plata fue notoria y vertiginosa, a tal punto que en 1907 la legislatura finalmente aprobó el proyecto que la declaró ciudad. Esto no solo acrecentó aún más la construcción de obras marplatenses, sino también la llegada masiva de inmigrantes: en el Puerto, numerosos trabajadores de origen italiano — muchos de ellos pescadores — se asentaron con la intención de incorporarse a la actividad pesquera.
Una ciudad que crecía a esa velocidad necesitaba más energía. Mucha más. La pequeña Usina Pueyrredón ya no alcanzaba.
El 25 de febrero de 1928 se inauguró la Usina del Puerto, un imponente edificio construido por la empresa Christian y Nielsen, ubicado en la intersección de las calles Padre Dutto e Irala. El edificio fue levantado con mampostería de ladrillos y estructura metálica. Su sala de máquinas de grandes dimensiones, coronada por una claraboya alargada, con un entrepiso sobre un sector y grandes ventanales de hierro y vidrio, contenía puentes grúa. El sector de oficinas y vivienda fue materializado con pisos de mosaico granítico y listones de madera, techos de yeso y aberturas de madera con postigos de celosías.
Era uno de los últimos exponentes locales de la llamada «arquitectura de hierro y vidrio», característica de la revolución industrial. En el barrio del Puerto, entre los galpones de pescado y las embarcaciones varadas, ese edificio parecía un palacio caído del cielo. Una nave industrial con la ambición estética de una catedral.
Los años de gloria: cuando Mar del Plata encendió sus luces
Luego de una breve etapa en la que ambas instalaciones funcionaron a la par, la Usina Pueyrredón fue desmantelada, y la Usina del Puerto permaneció como la única abastecedora operativa de la ciudad hasta 1939, cuando se sumó la Cooperativa Eléctrica de Mar del Plata.
Durante más de dos décadas, todo lo que brillaba en Mar del Plata dependía de esa nave de ladrillos y hierro junto al puerto. El hotel Bristol, los casinos, los teatros, los hoteles cercanos a la rambla, las casas de las familias que veraneaban — todo funcionaba gracias a las máquinas que rugían en el interior de la Usina.
Y no siempre fue fácil mantenerlas en marcha. La Usina del Puerto se mantuvo en funcionamiento aún en tiempos adversos, como durante la Segunda Guerra Mundial, cuando debido a la escasez de combustible, se llegó a quemar trigo para hacer funcionar las maquinarias. Trigo argentino ardiendo en las calderas para que las luces de Mar del Plata no se apagaran. Una imagen que dice todo sobre la voluntad de una ciudad que no quería quedarse a oscuras.
El reemplazo y el abandono
La ciudad seguía creciendo y, con ella, el aumento de la demanda de electricidad que exigía una producción y abastecimiento de mayor alcance. En vista de esta necesidad, en 1950, el ingeniero José Zanier comenzó a construir la Central termoeléctrica 4 de junio — actualmente llamada 9 de Julio — también ubicada en la zona del puerto marplatense. Ella fue la que finalmente reemplazó a la Usina del Puerto.
Y así, sin ceremonias ni despedidas, la Vieja Usina cerró sus puertas. Desde 1950, quedó abandonada, a merced del desgaste por el paso del tiempo, la falta de mantenimiento, el vandalismo y la incuria.
La ciudad que ella había iluminado durante más de veinte años la dejó sola. Las máquinas se enfriaron. Los puentes grúa dejaron de moverse. Y la claraboya de hierro y vidrio empezó a perder sus paneles, uno por uno, como dientes que caen.
Una lista de promesas rotas
Hasta 1990 nadie mostró interés en la construcción. Cuarenta años de silencio y deterioro. Y entonces, de golpe, todos quisieron salvarla.
En octubre de 1990, la cátedra de Diseño Urbano de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNMDP presentó un informe con los lineamientos para la puesta en marcha de un Programa de rehabilitación del área de la Vieja Usina, su preservación y la creación del museo de la colonia pesquera. Si bien contó con el apoyo de distintos sectores de la comunidad portuaria, el programa no se llevó a cabo.
Ese fue el primero de una larga serie de proyectos que nacieron con entusiasmo y murieron en el cajón de algún escritorio municipal.
En 1994, la ordenanza 9557 planteó que el edificio albergara el Museo del Inmigrante en la Argentina, junto con una sala de convenciones y exposiciones, un teatro, sala de conciertos, una confitería restaurante, una escuela de artesanías históricas regionales y otras dependencias. Este proyecto tampoco pudo concretarse. Años después se pensó en instalar allí el Centro Cívico, Administrativo y Cultural del Puerto. Tampoco.
El 15 de noviembre de 2010, las autoridades municipales firmaron un convenio para la creación del Centro Cultural Italiano y acordaron que la Vieja Usina del Puerto sería el edificio a recuperar. El ganador del concurso fue el estudio del arquitecto Mario Corea, de Barcelona. Su propuesta era transformarla en una «Usina de Cultura», manteniendo viva la imagen de lo que en otros tiempos fue su historia. Los vecinos del barrio habían sido testigos de su deterioro en la misma medida que se habían identificado con ella y con su historia. Hermoso proyecto. Que tampoco se concretó.
El presente: una deuda con la ciudad
En octubre de 2024, el intendente Guillermo Montenegro anunció desde una conferencia de prensa que avanzaría con un proceso de licitación para entregar en concesión la Vieja Usina del Puerto a una empresa privada y remarcó que el proyecto busca que la Vieja Usina funcione como un espacio de desarrollo, un lugar donde los marplatenses puedan disfrutar en familia, como atractivo turístico y una oportunidad de primer empleo para muchos jóvenes.
Palabras que suenan hermosas. Palabras que ya se escucharon antes, con distintas bocas y distintos intendentes. La lista de promesas rotas que arrastra la Vieja Usina es, a esta altura, tan larga como su historia de abandono.
Lo que todavía está en pie
Y sin embargo, ahí sigue. En la esquina de Padre Dutto e Irala, a metros de la Plaza de los Jubilados, con sus paredes de ladrillo visto que el tiempo tiñó de gris, con su estructura de hierro que cruje cuando el viento del puerto la sacude, con su claraboya rota que deja entrar la lluvia y la luz del mismo cielo que alguna vez fue su razón de existir.
Esta gran usina eléctrica, que supo abastecer de energía a toda una ciudad en pleno crecimiento, convirtiéndose así en un lugar representativo para la comunidad, merece ser rescatada de su dejadez y puesta nuevamente en valor como reconocimiento a todos aquellos que, gracias a su esfuerzo personal y trabajo, hicieron que el auge de Mar del Plata fuese real.
La Vieja Usina del Puerto encendió una ciudad entera. Quemó trigo para que las luces no se apagaran. Resistió dos guerras mundiales y décadas de abandono. Lo único que no ha podido resistir hasta ahora es la voluntad política de quienes deberían haberla salvado hace años.
Sigue esperando. Con la paciencia de los edificios que saben que durarán más que las promesas.
Nota realizada por Leandro Nebbia
Creador del canal de Youtube «Cabeza Contenidos»
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