A cien metros de la Autovía 2, en el kilómetro 359, hay algo que muchos viajeros han visto sin ver. Un coloso de piedra gris asomándose entre los árboles, con la torre derruida y las paredes comidas por el musgo, custodiado por yuyos altos y el silencio absoluto de la pampa. Para el automovilista que pasa raudamente camino a Mar del Plata, es apenas un destello. Un detalle mínimo del viaje. Pero si alguien frena y se acerca, va a descubrir que esa ruina tiene una historia adentro que hiela la sangre.
Esta es la historia de la Iglesia Eustaquio Aristizábal. La hermana menor de la Catedral de Mar del Plata. La que nadie recuerda. La que lleva más de sesenta años abandonada.
El inmigrante que llegó con las manos vacías.
Todo comienza a fines del siglo XIX, cuando Vivoratá, fundada en 1886, era un pequeño poblado en el que se iba concentrando una comunidad de productores agroganaderos llegados del Viejo Mundo.
Don Eustaquio era oriundo de Estrella, provincia de Navarra, España. Llegó a este país en 1879 a la edad de veinte años, lleno de venturosas ilusiones y con intenciones de labrarse un porvenir. Luego de una breve estadía en Buenos Aires donde trabajó de panadero, se instaló en el Partido de Mar Chiquita donde formó sociedad con José Abásolo estableciendo un almacén de ramos generales llamado «La Bilbaína».
Trabajó duro. Ahorró. Prosperó. Y en 1895, con el dinero acumulado durante catorce años de comercio, compró una estancia a la que nombró como su joven esposa, Micaela Ugalde. La llamó «La Micaela». Como si en ese acto de nombrar quisiera grabarlo todo: el amor, el esfuerzo, la nueva tierra. Pero el destino tenía otros planes.
El amor que construyó un templo.
Tras once años viviendo en Vivoratá, Don Eustaquio falleció a los 56 años el 6 de mayo de 1906. Quedó Micaela sola, al frente de la estancia, con el nombre de su marido grabado en cada rincón de la propiedad.
Fue entonces cuando tomó una decisión que nadie esperaba. Su viuda decidió contratar a la empresa Raimundo Zampini para construir un templo igual a la Catedral de los Santos Pedro y Cecilia de Mar del Plata, para así recordar a su marido. Una réplica. Una hermana menor. La misma arquitectura neogótica, las mismas naves, el mismo espíritu — pero levantada en medio del campo, entre pastizales y vacas, a la vera de lo que hoy es la Autovía 2.
Y el templo no llevaría el nombre de ningún santo ni virgen. Curiosamente, no estará dedicado a virgen o santo alguno sino que se llamará directamente «Eustaquio Aristizábal». El primer templo católico de la historia de Vivoratá que llevaba el nombre de un hombre de carne y hueso. Un homenaje sin precedentes.
La inauguración y el esplendor.
La obra demandó cinco años. La edificación contaba con un estilo neogótico con tres naves y hermosos altares, uno al centro y dos laterales. En el subsuelo se construyó una cripta con seis nichos. Adentro, un órgano eléctrico de gran tamaño, un púlpito de madera tallada y dos pilas para agua bendita sobre columnas de mármol. Las aberturas y parte del mobiliario se trajeron de Francia.
La apertura del templo contó con la bendición de Monseñor Bourdet en representación del Obispo de La Plata. Emilio Cantero y Micaela Ugalde de Aristizábal fueron los padrinos del lugar.
Desde ese día, la Iglesia Eustaquio Aristizábal fue el corazón de Vivoratá. Se celebraban misas diariamente. Anexa a la iglesia se construyó la casa parroquial en la que se impartía educación escolar a los niños del lugar. Micaela, además, donó a Coronel Vidal las instalaciones del colegio San Miguel y del Hospital, que también lleva el nombre de su esposo. Era un imperio de generosidad. Y Micaela era su alma.
El día que el alma partió.
Nadie sabe exactamente cuándo murió Micaela Ugalde de Aristizábal. Pero sí se sabe lo que pasó después. La mujer era el alma del lugar. Cuando falleció, el templo comenzó a deteriorarse. Sin su mano firme, sin su voluntad sosteniendo cada piedra, la iglesia empezó a ceder lentamente. Las reparaciones dejaron de realizarse. El dinero se agotó. Y la naturaleza, paciente e implacable, empezó a reclamar lo suyo.
En 1960 una gran inundación afectó los cimientos de la edificación y dejó daños estructurales irreparables. El agua entró por todas partes. Y lo que encontró en el subsuelo fue lo más perturbador: la cripta con los féretros de Micaela y Eustaquio se inundó y las columnas de la edificación comenzaron a derruirse. Más tarde los restos de los esposos fueron trasladados al cementerio de Coronel Vidal.
Los cuerpos de los fundadores, arrancados de su descanso eterno por el agua, llevados a otro lugar a descansar. Como si la historia los expulsara.
Las voces de la noche.
Fue entonces cuando terminó la historia y comenzó la leyenda. Dicen los lugareños que tras la gran inundación era frecuente que los caseros de la estancia escuchasen en las inmediaciones de la iglesia voces y gritos desconocidos, y esto generó la mudanza de los cuidadores. En Vivoratá todavía se comenta que el hecho precipitó el cierre del lugar, ya que los cuidadores, al parecer, no pudieron soportar el enigma de las voces del más allá y huyeron despavoridos.
¿Qué escuchaban? ¿El viento entre las columnas rotas? ¿El crujir de una estructura que se hundía? ¿O algo que ninguna explicación racional alcanza a cubrir? Nadie lo sabe. Y quizás nadie quiere saberlo del todo. Hay al menos tres relatos en los que hay bastante coincidencia. El primero se dio en el año 2012, durante el mes de enero. Una familia que viajaba desde Entre Ríos a Mar del Plata fue protagonista del encuentro. «Ni bien pasamos por la iglesia vi algo a mi izquierda, parecía una persona, pero al mirar mejor nos dimos cuenta de que no era una persona. Muy alto, oscuro, y estaba a medio metro levitando», dice uno de los testimonios que circulan hasta hoy.
La hermana olvidada.
El templo cumplió las funciones de única iglesia de Vivoratá hasta 1962, cuando se construyó Nuestra Señora del Luján y, dos años más tarde, cerró sus puertas de forma definitiva.
La hermana menor de la Catedral de Mar del Plata quedó sola. Sin fieles. Sin misas. Sin el órgano que alguna vez llenó sus tres naves de música. Hoy el edificio no tiene puertas ni ventanas y sus paredes mohosas conservan el olor a humedad de aquella inundación de más de medio siglo atrás.
Cada año, miles de turistas pasan raudamente por delante de ella, camino a las playas de Mar del Plata. Muy pocos frenan. Muy pocos se acercan lo suficiente como para ver que adentro, entre las ruinas y los yuyos, todavía queda algo del esplendor de aquel templo que una mujer enamorada mandó construir para que el nombre de su marido no se borrara nunca.
Eustaquio Aristizábal. Micaela Ugalde. Dos nombres grabados en piedra que el agua casi se llevó, y que el tiempo no terminó de borrar del todo.
Leandro Nebbia.
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