Hay nombres que una ciudad no olvida. Nombres que ya no pertenecen sólo a los hombres o a las cosas que los llevaron, sino al dolor colectivo, a esa memoria que se transmite en voz baja en los muelles, en las mesas de familia, en las paredes de una escuela de pescadores. En Mar del Plata, esos nombres son dos: Amapola y Angelito.
La partida
El Amapola, un buque de 20 metros de eslora, había zarpado del puerto marplatense el 12 de abril de 1990, al mando del capitán Roque Trípodi. El Angelito, de iguales dimensiones, lo había hecho un día antes, bajo el mando de Carmelo Agliano. Dos embarcaciones pequeñas, humildes, lanzadas al inmenso Atlántico Sur en busca del sustento de siempre: la merluza.
Nadie imaginaba lo que vendría.
El temporal
El martes 17 de abril, Mar del Plata estaba inmersa en un temporal con fuertes vientos que llegaban a los 100 km/h al mediodía. El oleaje alcanzaba los 18 metros de altura. El mar ya no era el mismo. Era una bestia.
Los capitanes de otros pesqueros decidieron suspender las tareas, levantar del agua las artes de pesca y preparar los buques. Todos pensaban que sería una tormenta pasajera. Pero el Angelito y el Amapola eran barcos más pequeños, y sus tripulaciones optaron por resistir, sin darle demasiada importancia al fenómeno que comenzaba a gestarse.
Fue un error que la historia no perdonaría.
El gesto heroico que selló su destino
El Amapola comenzó a embarcar agua en forma peligrosa. Su capitán emitió pedidos de auxilio: estaba sin máquinas ni energía eléctrica. Se hundía.
Fue entonces cuando Carmelo Agliano, al mando del Angelito, tomó la decisión más difícil de su vida. Decidió adoptar una actitud heroica —ayudar al hermano en desgracia— y optó por intentar tomarlo a remolque, una maniobra que implicaría enormes riesgos.
Lo que siguió fue una lucha desesperada contra el océano. Al aproximarse, un buque quedaba en la cúspide de la ola y el otro en el seno. Subían y bajaban en movimientos constantes, espasmódicos e imprevisibles, fuera de control, hasta que las dos naves se tocaron accidentalmente, provocando un rumbo en la obra viva del Amapola y su situación empeoró.
Y sin embargo, los hombres del Angelito no se rindieron. Después de varios peligrosos intentos, alcanzaron a pasarle el cable de acero para remolcarlos. Una verdadera hazaña.
Desde tierra, decenas de personas pegadas a las radios seguían cada maniobra con el corazón detenido.
El silencio
A los pocos minutos, los del Amapola no pudieron controlar la inundación y el barco comenzó a hundirse. El cable de acero unido al salvador se tensaba sobre las cornamusas a las que estaba amarrado, apretándose cada vez más por efecto de la tensión extrema. Del Angelito trataron de cortarlo con los elementos que tenían, pero no les alcanzó el tiempo. El gran peso del buque siniestrado jalaba hacia el fondo marino al que le había tendido la mano amiga.
Fue a las 13.10 de ese martes 17 cuando la tripulación del Angelito informó a la Prefectura Naval la desesperante situación. Ese fue el último reporte. Luego, las comunicaciones se cortaron y nunca más volvieron a reanudarse.
El mar enmudece cuando cobra lo que quiere.
La espera en la banquina
«Buscan a 16 pescadores en alta mar», tituló el diario El Atlántico el miércoles 18 de abril de 1990. La banquina del puerto se llenó de mujeres, niños y ancianos con los ojos clavados en el horizonte. Madres que esperaban. Esposas que rezaban. Hijos que todavía no entendían.
Los buscaban un avión, dos guardacostas de la Prefectura y varios buques pesqueros. Pero nada se sabía de los 16 tripulantes.
El título del 19 de abril fue aún más desalentador: «Encontraron restos de los pesqueros. No hay señales de vida». El rastrillaje solo dio con tablas amarillentas, mesas, cajones, timoneras azules y fragmentos de telgopor. De los marineros, ni noticias.
El único cuerpo
El viernes 20, llegó a la banquina el buque Messina I, que trasladaba el cadáver de Vicente Di Iorio, pescador del Amapola. Su cuerpo había sido encontrado a la altura de Punta Médanos. La comunidad portuaria estaba tan conmovida que todos los sindicatos hicieron duelo y la Municipalidad emitió un decreto de adhesión.
Sólo uno. De dieciséis, el mar devolvió uno solo.
El mar nunca devolvió una explicación completa. Recuperó apenas un cuerpo y sostuvo durante décadas la sombra de una tarde extrema.
Los nombres que no se olvidan
En el Angelito iban ocho tripulantes: Carmelo Agliano —patrón de la embarcación—, Daniel Patanía, Alfredo Segura, Hilario Preussler, Ernesto Bolisio, Osvaldo González, Carlos Barbero y Edgardo Balbiano. En el Amapola iban otros ocho: Roque Trípodi —capitán—, Vicente Di Iorio, Jorge Alberto Lambrecht, Raúl Matías González, José Luis Celedonio, Miguel Cicilia, Enrique Solomín y Fabián Pardo.
Dieciséis hombres. Dieciséis historias de familia, de barrio, de sueños que el Atlántico archivó en su fondo sin fondo.
El legado de la herida
Hubo un antes y un después de la tragedia del Amapola y el Angelito. Las madres y esposas de los tripulantes marcharon al Hotel Hermitage para interpelar al presidente Menem, que casualmente visitaba la ciudad esa misma semana. Fue entonces cuando el presidente impartió una orden: «Barco que no esté en condiciones, no zarpa». Pero la orden quedó sólo en palabras.
Como únicas demostraciones de memoria a la tragedia, una calle del puerto lleva el nombre de ambas embarcaciones, y en la biblioteca de la Escuela de Pesca cuelga una placa en conmemoración de los 16 marineros fallecidos. Cada 17 de abril, en la capilla de la Base Naval, una misa recuerda lo ocurrido.
Cada aniversario reactiva nombres, rostros, relatos familiares y preguntas que sobreviven a los años. La tragedia no terminó con el hundimiento. Empezó entonces una larga administración del duelo, de la memoria y de la intemperie.
En Mar del Plata, cuando el viento del sur sopla fuerte y el mar se pone negro, los viejos del puerto miran hacia el horizonte con una expresión que no es fácil descifrar. No es miedo, exactamente. Es algo más antiguo. Es el recuerdo de que el mar da y el mar quita, y que a veces, simplemente, no devuelve nada.
Sólo los nombres. El Amapola y el Angelito. Para siempre en la memoria del puerto.
Leandro Nebbia
Podés encontrar el video de ésta historia Youtube «Cabeza Contenidos»
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Fotos: Diario La Capital se aplicó color en las fotos por medio de Chat GPT.


