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MardePress

Mar del Plata, jueves 6 de agosto de 2026
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Los OVNIs que volaron sobre Mar del Plata

Hay una ciudad que no todos llegamos a ver. No es la de los veraneos abarrotados, ni la de los paseos en la rambla, ni la de las fotos frente al mar con los lobos de fondo. Es otra ciudad. La que existe de noche, cuando las olas revientan contra los espigones bajo un cielo oscuro y sin límites. Esa ciudad tiene su propia historia. Y esa historia, durante décadas, miró hacia arriba.

Todo empezó en el invierno de 1947. La Argentina entera estaba convulsionada por algo que venía del norte: los «platos voladores». El fenómeno había explotado en los Estados Unidos semanas antes, y como siempre, cruzó el océano con la velocidad de los cables de prensa. En la provincia de Buenos Aires, más de cuatro millones de personas alzaban los ojos al cielo con una mezcla de fascinación y miedo. El 27 de julio, durante la madrugada, dos pescadores vieron mar adentro un extraño resplandor que avanzaba hacia la costa a gran velocidad y se transformaba, vista desde más cerca, en una masa ígnea compuesta por grandes discos que giraban vertiginosamente. Eran pescadores. Hombres del mar. Gente acostumbrada a leer el horizonte, a distinguir una boya de un banco de niebla, el reflejo de la luna de una embarcación en problemas. Y sin embargo, allí estaba: esa cosa, esos discos, ese fuego girando sobre el Atlántico en la madrugada helada de un julio marplatense.  Con ese avistamiento, Mar del Plata abrió el registro UFO y, con él, una tradición que la ubicaría —con mucho menos marketing que otras ciudades del mundo— como la ciudad con más avistamientos de Objetos Voladores No Identificados de todo el país.

Pero lo que vino después fue todavía más extraño:

El verano de 1968 convirtió a Mar del Plata en algo parecido a un escenario de ciencia ficción. A partir de julio de ese año, un grupo de estudiantes adolescentes, frente a la playa La Perla, comenzó a ver objetos no identificados. Al principio fueron ellos solos. Después se sumaron otros. Y otros. Y la cosa fue tomando una dimensión que ningún periódico podía ya ignorar.

El cronista fotográfico del diario La Capital, Norberto Gallardo, era escéptico. De esos escépticos duros que van al lugar con la cámara al hombro y una sonrisa irónica en los labios. Fue porque lo mandaron, básicamente. Pero cuando el fenómeno ocurrió frente a sus ojos, pudo obtener dos fotos. «Antes no creía… ahora creo… la verdad está aquí», exclamó a los testigos que lo rodeaban. A la madrugada ya tenía las copias reveladas, y en la redacción todos estaban mudos. El caso fue mencionado en Sábados Circulares de Pipo Mancera como el primer registro profesional de un platillo volador en la Argentina.

Ese mismo año, el fenómeno no se detuvo. El 29 de julio, el periodista radial Héctor Notario, su esposa y dos testigos más iban en automóvil cuando observaron un objeto enorme, con forma de «palangana», que cruzó la Ruta 2 y se posó a 250 metros. El auto se detuvo por causas inexplicables y el OVNI permaneció durante 45 minutos, tiempo suficiente para que varios automovilistas pudieran contemplarlo. Cuarenta y cinco minutos. El tiempo que tarda una persona en cenar, en bañarse, en leerle un cuento a un hijo antes de dormir. Cuarenta y cinco minutos mirando algo que no debería existir, parado al costado de una ruta, con el motor del auto apagado sin razón aparente, bajo el cielo frío de la costa bonaerense.

El 18 de agosto, decenas de personas se arremolinaron cerca de la Estación Terminal de Ómnibus para observar un objeto luminoso que se desplazaba desde el sur. Tenía luces rojas, azules y blancas, y quedó detenido en el espacio aéreo durante 30 minutos. No era un grupo de locos ni de marginales. Era gente común, la misma que tomaba el micro a Buenos Aires los domingos, la misma que compraba el diario en el kiosco de la esquina. Gente con nombres y apellidos que, esa noche, miraron hacia arriba y no encontraron ninguna explicación.

 

Los años pasaron. Los avistamientos continuaron:

En 1951, el profesor Leandro Barrios, meteorólogo del Observatorio de Mar del Plata —un hombre cuyo oficio era precisamente entender el cielo— contó que fue testigo de la presencia de un punto luminoso que «rotaba a causa de sus pequeñas oscilaciones». Tenía forma redondeada, coloración blanca tenuemente azulada y un tamaño impresionante. Cerca del Faro de Punta Mogotes, en forma de parábola, desapareció en el cielo oscuro.

En 1972, Galileo Scaglia —el director del Museo Municipal de Ciencias Naturales, otra figura de peso, otro hombre con credenciales— describió públicamente los hechos que había presenciado a las 23:05 de la noche anterior. Su testimonio quedó registrado en archivo fílmico. Está ahí todavía, en blanco y negro, un señor serio con corbata describiendo algo que no cuadra en ningún manual de ciencias.

La ciudad fue acumulando historias. Las fue guardando en cajones, en archivos de redacciones, en memorias de viejos. Desde 1947, los registros señalan 210 casos de avistamientos de OVNIs en Mar del Plata, 80 de los cuales nunca habían trascendido a la prensa. Fue esa masa crítica de testimonios la que, en 1988, llevó a Carlos Ferguson —un hombre que había pasado de escéptico absoluto a investigador obsesivo tras ver algo inexplicable a corta distancia en 1976— a fundar la Comisión Investigadora de OVNIs Marplatenses. La primera comisión de ese tipo en todo el país. Una ciudad del Atlántico sur, ventosa y orgullosa, con su propia institución dedicada a estudiar lo que nadie sabe cómo nombrar del todo.

Hoy, la Fuerza Aérea tiene su propio organismo: el Centro de Identificación Aeroespacial. Su lema en latín podría traducirse como «conocer las causas resuelve el misterio». De los casos que recibe la Sociedad OVNI Marplatense, solo el 5% pasa el test de certidumbre que lo valida como avistamiento genuino. El 95% se descarta: fenómenos aéreos, embarcaciones con mucha luminosidad, confusiones.

El 5% que queda es el que desvela. Porque hay algo en este lugar, en esta franja de tierra donde las sierras más antiguas del mundo se quiebran directamente en el océano, que algunos describen como un magnetismo particular. Un triángulo perfecto que se forma entre Sierra de los Padres, Mar del Plata y Centinela del Mar, señalado como el punto de la Argentina con mayor cantidad de avistamientos certificados de fenómenos inexplicables.

Tal vez sea eso. Tal vez sea la física de este lugar, la geología, el encuentro entre la llanura y el mar abierto. O tal vez sea simplemente que aquí, de noche, el cielo pesa diferente.

Los pescadores de 1947 ya no están. El cronista fotográfico del La Capital tampoco. El meteorólogo que vio algo cerca del Faro de Punta Mogotes se fue hace mucho. Pero queda algo de ellos en esta ciudad: la costumbre de mirar hacia arriba. Algunos todavía recuerdan con cierta añoranza «aquellos tiempos cuando se armaban caravanas de curiosos para ver OVNIs sobre el mar».

Una ciudad entera saliendo de noche, en caravana, a mirar el cielo sobre el Atlántico.

Hay algo hermoso y melancólico en eso. Algo que ya no volverá.

 

Nota: Leandro Nebbia

Canal de Youtube: Cabeza Contenidos (Historias de Mar del Plata)

https://www.youtube.com/@cabezacontenidos