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Mar del Plata, jueves 6 de agosto de 2026
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Los últimos soldados del Tercer Reich

La historia de los submarinos nazis que aparecieron en Mar del Plata

Era la madrugada del 10 de julio de 1945. Alemania había capitulado dos meses antes. La Segunda Guerra Mundial había terminado. Y sin embargo, en las aguas oscuras frente a la costa de Mar del Plata, algo emergía lentamente desde las profundidades del Atlántico Sur.

A las siete y media de la mañana, una figura oscura se recortaba en el horizonte frente a la Base Naval de Mar del Plata. No era una nave local ni un buque aliado. Era un submarino alemán, salido directamente de las aguas de la Segunda Guerra Mundial. Cuando emergió por completo, lucía en su torre la esvástica aún intacta.

El mundo entero estaba a punto de saber lo que Mar del Plata ya veía con sus propios ojos.

 

U-530: el primero en llegar.

El primer submarino fue el U-530, al mando del comandante Otto Wermuth, que desembarcó con su capacidad de navegación diezmada a causa de un autosabotaje. Antes de entrar a puerto había arrojado al mar todo lo que pudiera comprometer a su tripulación: todo su armamento principal, los sistemas electrónicos y el libro de bitácora. Cincuenta y cuatro hombres. Sin un solo documento de identidad entre ellos. Sin cartas de navegación. Sin explicaciones claras sobre de dónde venían ni adónde habían estado.

El U-530 presentaba un visible deterioro por la acción del agua y según su capitán habían navegado, procedentes de Suecia, durante 18 semanas sin tocar puerto. Medía 50 metros y transportaba una gran cantidad de conservas, azúcar, chocolates, alimentos sintéticos, ropa de abrigo y cigarrillos. Propulsado con dos motores diesel y dos eléctricos, contaba con seis tubos lanzatorpedos. Llevaba solo un proyectil, aparentemente averiado.

Ese inventario tiene algo perturbador si se lo mira con detenimiento. ¿Para qué tanta comida y ropa de abrigo en un submarino sin torpedos funcionales? ¿Por qué dieciocho semanas de navegación sin tocar puerto? ¿Y dónde había estado antes?

Los alemanes fueron tratados con suma cordialidad. Ellos mismos se sorprendían de la abundante comida, de los entretenimientos que les organizaban y de la confraternidad con sus pares argentinos. Nunca se sintieron prisioneros de guerra. El 12 de julio se veía ondear la bandera argentina en el submarino. A las cuatro de la tarde de ese día el comandante firmó el acta de rendición ante el jefe de la base naval, el capitán de fragata Julio C. Mallea.

Pero había algo que Wermuth no podía explicar. Los veintidós torpedos faltantes, las cartas de navegación echadas al mar y la ausencia de un bote salvavidas. Ese último detalle fue el que encendió la mecha de todas las teorías que vendrían.

Las autoridades argentinas se apuraron a aclarar que a bordo no había ningún político ni militar de alto rango alemán. Sin embargo, faltaba el bote salvavidas.

Un bote salvavidas. Una pieza de equipamiento estándar en cualquier submarino. Una pieza que debería estar ahí y no estaba. Y entonces llegaron los documentos aliados.

En numerosas esferas oficiales de la capital británica se insistía en que el jerarca nazi Hitler había desembarcado en la Argentina el 30 de junio, llevado por el U-530. Se inclinaban a dar crédito a la versión por el bote de goma faltante con que se hallaba dotado el submarino rendido en Mar del Plata diez días después del que se fijaba como el desembarco de Hitler. Se agregaba además que se había avistado a un grupo de hombres en un bote de goma acercándose a la costa a unas cien millas al sur de Mar del Plata.

La teoría era disparatada. O quizás no tanto. Stalin, en la Conferencia de Potsdam, insistía en que Hitler no había muerto en el búnker de Berlín. La prensa norteamericana y británica cubrió la rendición con amplitud, mientras que la URSS insistía en que Hitler no había muerto y podía haber escapado. Y la presencia en Argentina de grandes jerarcas nazis como Eichmann, Priebke y Mengele no hacía más que alimentar el fuego.

En Estados Unidos, los tripulantes del U-530 fueron alojados en Fort Hunt, Virginia. Los consideraban sospechosos de encubrir una posible fuga de Adolf Hitler hacia la Argentina. Los interrogatorios duraron meses. No arrojaron resultados concluyentes. Wermuth mantuvo su versión hasta el final. Y como gesto final de caballería naval, por la atención recibida, el capitán Wermuth regaló al capitán de fragata Mallea la bandera de guerra del submarino. Mallea dejó indicado a su familia que, a su fallecimiento, se la hiciera llegar al comandante, lo que ocurrió en 1960.

El U-977: el último submarino del Tercer Reich

Treinta y ocho días después de la rendición del U-530, cuando la Base Naval de Mar del Plata todavía no había terminado de digerir el primer episodio, el viernes 17 de agosto de 1945 era el inicio de un fin de semana largo. El rastreador M10 Comodoro Py al mando del capitán de Corbeta Armando Muro y el submarino Salta regresaban a sus apostaderos luego de patrullar las aguas. Hacia las 9.15 advirtieron que se aproximaba un submarino. Un destellador luminoso identificaba la nave como «German submarine». Se dio la alerta en la base.

Era el U-977. Y su historia era, si cabe, todavía más extraordinaria que la del U-530.

Su comandante era Heinz Schäffer, un oficial de apenas 25 años. Se encontraba en aguas al norte del condado de Mayo, en Irlanda, cuando recibió la comunicación de fecha 4 de mayo de 1945 por la cual le informaban de la rendición del Tercer Reich y la orden de entregar la nave a las autoridades aliadas más próximas.

Schäffer hizo entonces algo que no figuraba en ningún manual militar: convocó a su tripulación y les preguntó qué querían hacer. La tripulación discutió y votó. Los resultados fueron: 30 votos a favor de navegar hasta Argentina, 2 por España y 16 que deseaban ser desembarcados cerca del puerto de Bergen, en Noruega. Estos últimos eran casi todos suboficiales veteranos, lo que supuso una gran pérdida para la maniobrabilidad del submarino, pero eran hombres casados que querían reunirse con sus familias.

Los casados fueron desembarcados clandestinamente en Noruega el 10 de mayo de 1945, arriesgando la seguridad de la nave en plena vigilancia aliada. Fingieron ser sobrevivientes de un submarino hundido, y la versión fue incluso replicada por la Associated Press, que publicó desde Londres que el U-977 había sido destruido.

Schäffer, con los treinta hombres que le quedaban, puso rumbo al sur. Lo que siguió fue una travesía que roza lo inimaginable. 66 días bajo el agua.

El carácter de la tripulación se volvió hosco, llegando a la agresión verbal e incluso física por el encierro. El comandante Schäffer, pese a sus jóvenes 25 años, debió sortear varios escollos. Sin calefacción para ahorrar combustible, con las paredes del casco chorreando agua por la condensación, todo insoportablemente mojado. La ropa nunca terminaba de secarse y la comida se cubría de moho.

Y aun así, Schäffer mantuvo el rumbo. Navegó sumergido durante sesenta y seis días consecutivos, estableciendo un récord mundial de navegación en inmersión con una nave que no estaba diseñada para eso. Evitó la zona de Gibraltar, controlada por los aliados. Bordeó las costas africanas. Cruzó el Ecuador. Y cuando finalmente subió a superficie una noche frente a las costas de Mar del Plata, la emoción flotó sobre el submarino. Por esa razón, al arribar al puerto de Mar del Plata el submarino llegó en perfectas condiciones de cuidado y limpieza.

El U-977 fue escoltado por el rastreador Py y el submarino ARA Salta hasta que una dotación argentina se hizo cargo de la nave rendida. Schäffer y sus 48 hombres fueron trasladados a tierra para ser interrogados.

A diferencia del U-530, el U-977 traía la bitácora completa y toda la documentación en orden. Schäffer no había destruido nada. Era como si quisiera demostrar que no tenía nada que ocultar.

Pero el mundo ya tenía su teoría. En 1947, un escritor húngaro llamado Ladislas Szabo publicó un libro titulado «Hitler vive», en el que afirmaba que el U-977 de Schäffer había transportado a Hitler a Argentina. Como suele ocurrir con estas teorías, empezaron a salir testigos que decían haber visto a Hitler, y una reportera incluso afirmó que lo había entrevistado en la Patagonia.

Schäffer lo negó toda su vida. Y escribió un libro para contarlo, titulado “El secreto del U-977”, donde relató la travesía con una precisión que los historiadores todavía debaten.

El destino de los colosos sumergidos

Luego de la rendición y de ponerse en manos del gobierno de Estados Unidos, los dos submarinos fueron llevados hacia el norte. Previo a eso estuvieron en los astilleros Río Santiago para ser reacondicionados y entonces partieron hacia la base militar de Massachusetts, en Cape Cod.

En septiembre del mismo año ambos submarinos fueron trasladados por tripulación norteamericana a Boston, navegando con sus propios medios, donde más tarde y luego de estudiar su tecnología fueron utilizados como blanco de pruebas de torpedos.

Los colosos sumergidos que habían cruzado el Atlántico para rendirse en Mar del Plata terminaron en el fondo del océano, hundidos por los mismos que los interrogaron. Su historia quedó enterrada con ellos. O casi.

Porque la pregunta que nadie pudo responder del todo sigue flotando, ochenta años después, sobre las aguas del Atlántico Sur: ¿qué había en ese bote salvavidas que nunca apareció? ¿Qué cargaban esos veintidós torpedos que faltaban? ¿Quiénes eran los hombres que alguien vio acercarse a la costa en una balsa de goma, a cien millas al sur de Mar del Plata, diez días antes de que el U-530 se rindiera?

La historia oficial tiene sus respuestas. Pero la historia, como el mar, guarda sus secretos mejor que nadie.

 

Nota realizada por Leandro Nebbia

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